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Más tarde que nunca, pero con un sabor «excelente». Los productores de níspero de Callosa d’en Sarrià, donde se despliegan cerca del 80% de los cultivos de esta fruta en la Marina Baixa, han cerrado una de las campañas más tardías de los últimos años, debido a la inestabilidad meteorológica que se ha sucedido durante los meses de abril y mayo y que este año afectó al comienzo de la campaña de recolección pero, sobre todo, al final de la misma. Y no sólo eso, porque también ha acabado por reducir el volumen de la cosecha y, seguramente, también afectará al precio final.

Las bajas temperaturas de este periodo, uno de los más atípicos en una década según el Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante, han alargado el periodo de maduración del níspero en el árbol y hecho que la fruta fuera tomando peso y color muy poco a poco. Este hecho, unido a la falta de agua de lluvia y al viento registrado durante febrero y marzo, que mermó la cosecha más primeriza, también han contribuido a reducir el calibre del fruto y, en consecuencia, las cifras finales de producción. Así se extrae de los datos que maneja la Cooperativa Agraria de Callosa d’en Sarrià, Ruchey, que apuntan a un descenso de un 10 por ciento en la producción con respecto a los niveles del pasado año, cuando la misma rozó los 13 millones de kilos.

Fuentes de la cooperativa destacaron, no obstante, que frente a los datos «macro» hay que tener muy en cuenta el sabor. Y añadieron que esta maduración lenta ha contribuido a hacer que el níspero haya podido generar sin prisas su propio azúcar y haya dado como resultado una de las calidades de este fruto «más excelentes» de los últimos tiempos. Y esa es la baza que ahora quieren jugar los productores en los canales de comercialización para intentar sobreponerse al resto de adversidades.

Incertidumbre

Porque si hay una cosa que ahora siembra de incertidumbre a los agricultores de la comarca es cómo acabará la campaña de comercialización, en la que más del 80 por ciento de la cosecha viaja fuera de nuestras fronteras.

Fuentes de la cooperativa no pudieron adelantar aún estos datos económicos, pero sí explicaron que el retraso en la recolección también va a traer consecuencias a la hora de obtener buenos precios.http://www.beqbe.com/sin-calefaccion-en-invierno

No en vano, una de las claves del éxito para asegurarse unos buenos ingresos es precisamente el calendario. «Cuanto más pronto viene el níspero, mejor se puede vender porque no tiene otras frutas de verano para competir. Este año ocurre todo lo contrario: el mercado está ya lleno de cerezas, albaricoques… y eso va a reducir seguro el precio del níspero. Lo que está por ver es cuánto», explicó Esteban Soler, el ingeniero agrónomo de la cooperativa callosina.

Un cultivo para supervivientes

En esta localidad de la Marina Baixa se producen anualmente entre 13 y 15 toneladas de níspero, de las cuales casi la totalidad de la cosecha va a parar a países como Italia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda, Portugal, Estados Unidos o Canadá. El sector está conformado por más de 5.000 familias que viven directamente de este cultivo, a las que se suman cientos de jornaleros y otras muchas familias con negocios que guardan relación con la agricultura.

Todo ello, a pesar de lo trabajoso que es cultivar y recolectar nísperos, una fruta para supervivientes del campo, que requiere de gran profesionalización: por un lado, porque se trata de un fruto muy frágil, que se daña fácilmente y que se ha de manipular con extrema delicadeza; por otro, y como consecuencia de lo primero, porque todo el proceso se realiza de forma manual, sin margen para que la maquinaria pueda entrar en los bancales, lo que a su vez también reduce el rendimiento al tener que pagar más por la mano de obra. De ahí que tanto los agricultores como la cooperativa o el propio Ayuntamiento lleven años reclamando una rebaja permanente en el IRPF del níspero, que garantice la continuidad del sector sin tener que estar cada año expuesto a la voluntad del Gobierno central de turno.

Aurelio Suárez (Gijón 1910-2003), el “pintor isla”, el artista de pintaba pensamientos, según propia confesión, es “uno de los pocos” creadores relevantes del arte asturiano del siglo XX que “ha conseguido ir adquiriendo un prestigio y una proyección más allá de nuestras fronteras”.

Así da cuenta de la relevancia que empieza a tener la enigmática obra aureliana, el director del Museo de Bellas Artes de Asturias, Alfonso Palacio. Lo escribe en el catálogo razonado que la pinacoteca asturiana acaba de publicar sobre los fondos que posee de este artista asturiano cuyo mundo es, a la vez, enigma y explosión de imaginación.

El Bellas Artes de Asturias acoge -tal y como subraya Palacio en este catálogo cuya autoría comparte con Gonzalo Suárez, hijo del pintor- la colección más importante “tanto por calidad como por cantidad” que puede contemplarse de este artista en una institución pública. En concreto, en la sala número 21 del museo.

Están en propiedad de la pinacoteca asturiana ocho óleos, ocho gouaches, tres bocetos, un cuaderno con doce dibujos y un plato decorado por Aurelio Suárez. Además hay un lienzo depositado por el Ayuntamiento de Oviedo. También en depósito, en este caso efectuado por el hijo del pintor, hay un lienzo más y dos gouaches. El año pasado se incorporó a este sobresaliente fondo aureliano la donación hecha por la familia de toda la biblioteca del pintor, su colección de postales (unas 50.000 de las más variadas temáticas y procedencias) junto a una gran cantidad de apuntes, objetos y materiales del artista. Palacio afirma que con estos fondos el Bellas Artes se ha convertido en “un auténtico contenedor de la mejor obra y de la memoria de este prolífico pintor, que escribió una de las páginas más singulares y reconcentradas del arte contemporáneo de nuestra región”.

Ahora, la publicación del catálogo científico viene a completar, poner orden y redondear la importancia que la obra aureliana tiene dentro de la colección artística asturiana. El catálogo, minucioso y cuidado, puede leerse como la mejor guía para tratar de comprender una obra que activa la retina pero, sobre todo, el engranaje cerebral del espectador. Eso era lo que pretendía Aurelio Suárez, quien definía así su oficio: “Pintar no es copiar la naturaleza, es representar gráficamente lo que imagina nuestro cerebro”. Probablemente nunca podrá agotarse el examen analítico de la obra de un pintor vuelto sobre sí mismo, pero en los textos que Palacio firma en el catálogo se aportan las claves para iniciar la exploración del universo aureliano, donde el tiempo adquiere una cronología propia y el espacio es, sobre todo, un espacio mental. Una de esas claves que aporta el director del Bellas Artes es cómo la etapa que Aurelio Suárez vivió en Madrid a finales de los años 20 -donde el artista entró en contacto con la renovación pictórica que traía el surrealismo, el realismo mágico, el postcubismo o la pintura metafísica- fue el momento en que aquel joven gijonés, “que siempre presumió de autodidacta”, emergió “para la historia del arte como un creador precozmente dominador de todos sus recursos, tempranamente poseedor de un estilo propio, así como alumbrador, desde los primeros instantes, de un mundo original sobre el que siguió profundizando, en vez de avanzando, y a modo de prospecciones en vertical, el resto de su vida”.

El genio de la sala 21 del Bellas Artes se movió, tal y como enumera Alfonso Palacio, entre la fusión entre lo real y lo imaginario, en una constante plasmación de seres y objetos “de funcionamiento simbólico”, y fascinado por “lo cotidiano maravilloso y misterioso, o por lo directamente extraordinario”. Siempre con el pincel conectado a la cabeza. Así lo confesaba en abril de 1959: “En esta pintura todo es cerebral, pintado. Todo va exactamente dispuesto. No hay casualidades. El menor detalle obedece a un motivo determinado”.

La lectura del catálogo razonado no resuelve por completo el enigma aureliano -no puede hacerlo- pero fija las coordinadas para navegar por ese mundo insólito.